Sinopsis: Taller «Contemos otra historia: Selva Joven»

Duración: 10 minutos|Dificultad: Fácil

El lenguaje y las narrativas no son neutras: configuran la forma en que pensamos, sentimos y actuamos.

En México, las mujeres rurales han sido históricamente nombradas desde discursos patriarcales que reducen su identidad al trabajo reproductivo o a la
subordinación frente al hombre. Estas narrativas han invisibilizado su papel central en la producción de alimentos, en la transmisión de saberes y en el cuidado de la vida.

El objetivo del taller parte de la necesidad de reconocer que el patriarcado opera como un sistema de explotación, tanto hacia las mujeres como hacia la tierra, y de transformar la narrativa a mensajes claros y de defensa de nuestro territorio y espacio.

En este contexto, el concepto de «progreso” asociado a sueldos, productividad y extracción de recursos ha invisibilizado los trabajos de cuidado. Frente a esta lógica, la agroecología plantea un horizonte distinto de comunicación: el cuidado de nosotros y nuestras prácticas como un trabajo digno, esencial y profundamente transformador.

Aun cuando el objetivo del taller es contextualizar y brindar herramientas para el uso cotidiano, lo que se aporte dependerá del contexto en el cual cada participante se encuentr, ya que “es a través de los relatos que nos construimos como personas individuales y también como grupos identitarios mediante los cuales modelamos, en el terreno simbólico, nuestra realidad y nos proyectamos hacia el espacio público” (Pineda y Montalvo, 2021).

De acuerdo con lo anterior se utilizarán los principios de la Comunicación No Violenta (CNV), la Comunicación Acertiva (CA) y la Construcción de Narrativa.

Las narrativas son marcos de interpretación que moldean la realidad (Bruner, 1991). No solo describen hechos, sino que establecen jerarquías de valor: quién produce conocimiento, qué se considera progreso y qué labores se invisibilizan.

En el ámbito rural mexicano, las narrativas han sido históricamente patriarcales, exaltando la productividad agrícola como sinónimo de modernización mientras relegan el trabajo de cuidado tradicionalmente realizado por mujeres a la esfera privada y no remunerada.

Para comprender cómo se construye y reproduce la narrativa local sobre las mujeres y la relación que se tiene con el territorio, es fundamental elaborar un Diseño de Evaluación Participativa que capte tanto las palabras como las experiencias cotidianas de la comunidad.

A continuación, se proponen pasos metodológicos:

El primero y más común de la antropología y acercamiento humano es el mapeo de actores y espacios narrativos, ya que, identificar quiénes influyen en la construcción de discursos nos permite ver quiénes son los “personajes clave” con los cuales podemos incidir y cuáles serán aquellos con los cuales trabajar una sensibilización directa o indirecta.

Además de identificar a líderes comunitarios, autoridades ejidales, maestras, promotores de salud, radios locales, etc., será importante no obviar en localizar espacios donde circulan narrativas: Asambleas, ferias, grupos de WhatsApp, iglesias, mercados, etc., ya que son los espacios donde se construye y alimenta la narrativa dominante, ya que nosotros buscaremos ser el narrador o locutor de una nueva historia y, o forma discursiva.

Los personajes y los lugares permitirán construir las estrategias de comunicación narrativa con poder de cambio, aprovechando la siguiente
herramienta: el análisis de las Debilidades, Amenzas, Fortalezas y Oportunidades mejor conocido como Análisis DAFO.

Este tipo de análisis permitirá visualizar cuáles son las estrategias que puede el colectivo proponer para construir de forma concisa y clara un mensaje empático y directo.

Si estas solo o sola en el territorio ajeno, es preferible hacer Entrevista a profundidad y Observación participante, es decir incluirte en el chisme… o trabajar en los proyectos comunitarios como las faenas o tequios, antes de elaborar un análisis DAFO.

Marco teórico-contextual

El patriarcado, entendido como sistema histórico de dominación (Walby, 1990), opera tanto en el hogar como en el mercado.

La economía del cuidado, concepto central en los estudios feministas (Benería, 2003), señala que la reproducción de la vida —alimentación, crianza, salud comunitaria— es un trabajo indispensable pero invisibilizado.

En el campo mexicano, esta “doble jornada” se agudiza: las mujeres participan en la siembra, la cosecha y el mercado, a la vez que sostienen el tejido comunitario mediante labores domésticas y de cuidado.

En las últimas décadas, programas como El Campo en Nuestras Manos (SAGARPA/IICA) o los actuales Programas del Bienestar han buscado reconocer y financiar proyectos productivos de mujeres rurales. Sin embargo, la evidencia estadística revela brechas profundas:

Participación laboral: solo el 23.6 % de las personas ocupadas permanentemente en actividades agropecuarias son mujeres (Censo Agropecurario, 2022).

Propiedad de la tierra: únicamente el 26 % de quienes poseen derechos como comuneras o ejidatarias son mujeres, y solo 7.2 % encabezan presidencias ejidales.

Trabajo no remunerado: cerca del 97 % de las mujeres en agricultura y pesca
realizan labores sin pago, lo que refuerza su invisibilidad económica.

Estas cifras reflejan un patrón en el que el discurso de progreso y equidad convive con prácticas que continúan excluyéndolas de la toma de decisiones y de la propiedad plena de la tierra, sin embargo, son cifras nacionales y en general tienen poco impacto en el territorio, así que recomiendo buscar las cifras locales y, o generar las cifras con la comunidad.

En el contexto mexicano y latinoamericano se reconocen nuevas narrativas que ya están en marcha. Un ejemplo es la Red Latinoamericana de Mujeres, que reúne a organizaciones y liderazgos de distintos países para visibilizar a las mujeres como guardianas de la biodiversidad, productoras de alimentos sanos y defensoras del territorio.

Su propuesta se aleja de la lógica extractivista y coloca en el centro el cuidado del agua, la semilla y la vida comunitaria. Estas iniciativas desafían la idea de progreso asociada a la minería, los agroquímicos o los monocultivos y plantean un modelo donde el bienestar se mide por la salud de los ecosistemas y la justicia social.

En una localidad específica, este enfoque puede traducirse en relatos propios que vinculen la experiencia cotidiana con la defensa del entorno, ese es el trabajo primordial de un agroecólogo o agroecóloga, ya que son los relatos locales los que permiten la identidad y la defensa de las prácticas que con ellas vienen las semillas y la memoria colectiva.

La transformación requiere algo más que programas de apoyo: implica reconfigurar el relato que asocia valor únicamente con la productividad mercantil.

Mensajes sencillos como “Quiero agua limpia” o “Quiero tierra fértil para sembrar” sintetizan una narrativa alternativa que puede resonar en comunidades diversas sin saturar con tecnicismos.

Este enfoque reconoce que los hombres también tienen un rol en los trabajos de cuidado, no como auxiliares sino como corresponsables, desmantelando así la dicotomía entre lo productivo (masculino) y lo reproductivo (femenino).


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